La web nació simple. Documentos enlazados, texto legible, imágenes que cargaban sin prisa. No necesitaba permisos, cuentas ni algoritmos para existir. Esa simplicidad no era una limitación: era su mayor fortaleza.
Hoy, en medio de capas infinitas de abstracción, recordar la web simple es recordar que HTML es un lenguaje humano. Se puede leer, entender y modificar sin intermediarios. Un archivo HTML sigue siendo comprensible décadas después.
Una web viva no depende de modas ni de frameworks efímeros. Vive porque es clara, porque carga rápido, porque puede ser alojada en cualquier lugar y sobrevivir a cambios tecnológicos.
HTML no es solo estructura: es intención. Un título significa algo. Un enlace es una promesa. Un párrafo es una pausa para pensar. Esa semántica es memoria.
Elegir una web simple es un gesto consciente: priorizar contenido sobre efectos, permanencia sobre tendencia, acceso sobre espectáculo.
Mientras existan archivos que se puedan abrir sin pedir permiso, mientras un enlace siga llevando a otro pensamiento, la web seguirá viva. Y seguirá siendo nuestra.